Latidos

Mi colaboración semanal en “El poder de las letras-Página de escritores” de cada domingo.

Me quedé prendida

en la parte de arriba

de mis emociones

colgando por dentro.

Miré la salida

que había aprendido

con la razón

golpeandome el pecho.

Quise apoyarme

en la barra de mis recuerdos

sintiendo mi mundo

caer al infierno.

Porque…,

¿por qué no te alejas

girando tu cuerpo

a medias con tu sonrisa?

-Me preguntaba-.

No quise oír la respuesta

caer

rodando

por la escalera

diciéndome nada.

M. L. F.

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Volar

Volar

Mi colaboración en El poder de las letras-Página de escritores

Todo empezó con la desaparición del vaso. No de un vaso cualquiera. Bueno, sí, un vaso corriente pero extremadamente especial, mágico. En él había dejado sus palabras y su aliento impregnando sus paredes.

No supe qué había pasado hasta hace poco.

Nuestros padres nos habían castigado durante una semana sin salir de casa por pintar con espray los cristales de un banco. Cosas de niños, joder.

Jamás habría imaginado lo que pasó. En realidad, nunca lo hubiera sabido sino hubiera tirado del hilo que unía su vaso con el mío. Éste se había roto al tirar de él porque mi amigo no daba señales de estar en su habitación. En ese momento, recuerdo que había pensado en la suerte que tenía de tener unos padres que, por lo menos, le dejaban salir de su cuarto. Que equivocado estaba…

“¿Se habría enfadado por romper nuestra única manera de comunicarnos?”

Todo parecía apuntar a eso.

Pasada la primera noche, en la que dormí como un bendito, pasó el día siguiente y el siguiente…

No veía ni siquiera a los padres de mi amigo. Las persianas descansaban bajadas y nadie se molestaba en abrirlas. Yo me quejaba a mis padres, les pedía explicaciones. Ellos trataban de tranquilizarme diciendo que volveríamos a hablarnos y esas cosas. Es fácil decir eso, pero pasarlo es difícil cuando sólo tienes un amigo.

Vencida la semana de castigo, mis padres me comunicaron que habían comprado una casita y que nos mudábamos ya.

Yo no quería dejar a mi amigo. ¡Esto era una locura! ¿Qué pasaba? ¿Por qué todo estaba ocurriendo tan rápido?

Las preguntas se quedaron sin respuesta hasta que hoy, diez años después, mis padres decidieron que ya era suficientemente fuerte como para afrontar la realidad.

Sabía de la imaginación desbordante de mi amigo. Todos se daban cuenta de que tenía una inventiva fuera de lo normal. La idea de los vasos comunicantes había sido de él.

Pero, como me contaron mis padres, le había jugado una mala pasada la primera noche de castigo.

Una imaginación libre sólo puede residir en el cuerpo de un alma libre.

Mi amigo no pudo soportar ni siquiera unas horas encerrado en su cuarto. Debió pensar que si Superman (del que era un gran fan) podía volar, porqué no iba a poder hacerlo él.

Así que abrió la ventana y saltó.

M. L. F.

Verano casi otoño

Supuestamente, hoy empezaba la primavera. No sé porqué, pero hoy me ha llegado tu recuerdo.

Te había hecho contar hasta cien de diez en diez, tapados tus ojos con tus manitas y apoyada tu frente en la farola testigo de los cambios de temporal en el puerto de nuestra infancia.

Se te veía enfadada. Me reí mucho de ti ese día.

Sin embargo, nunca olvidaré aquel beso en la nariz, inocente, que te dí al despedirnos, prima Vera.

Recuerdo, como si fuera ahora, haber saltado dentro del coche de los tíos aquella preciosa tarde de reflejos dorados como chispitas en el mar; tu pelo rizo imitando las ondas calmas; tus ojos verdes, casi azules a la luz del sol…

Puedo decirte, sin ápice de duda, que esa fue la primavera de mi vida.

M. L. F.