Movimiento I

Comienzo una nueva serie en El instante varado titulada “Movimiento”.

Color canela.
Madre,
tus ojos.
Tu sonrisa,
Padre.
Hermanos,
vuestras acciones.
Tus manos,
en mí,
cuando no buscan nada
ni algo.

Marina López Fernández

Color canela.
Madre,
tus ojos.
Tu sonrisa,
Padre.
Hermanos,
vuestras acciones.
Tus manos,
en mí,
cuando no buscan nada
ni algo.

M. L. F.

Anuncios

Nada

Mantiene el brazo doblado para sostener un cigarro que se consume con sus pensamientos.

Va vestida de negro. Resalta su blanca cara, pendiente de un café que apenas ha probado, y la cartera morada reposando en la mesa.

Erguida sobre su silla, mira tensa hacia sus adentros. Sus ojos como dados la vuelta, marrones de añoranza.

No puedo adivinar lo que siente, lo que piensa. Suena a rictus. Huele a pérdida. Si la tocara se caería como una montaña de sal.

¡La veo, pero no la siento! ¡La pienso!, pero no logro escribirla… No toco su alma. No tiene aura. Está muy triste, quizás repasando algún tema pendiente.

Tal vez no piensa.

No puedo escribirla. No me dá nada. Y yo le estoy dando mis palabras.

No me he dado cuenta de que se ha marchado.

Adiós, princesa.

M. L. F.

 

Despertar

Despertar

Aparecí muerto.

Ya no estaba.

Y, lo que era peor,

estaba solo,

solo

en no se sabe

qué parte del universo.

Recuerdo la estrella vacilante,

sonriéndome a ratos,

intentando tapar con su luminosidad

las lágrimas

que inundaban mis mejillas.

Aparecí delante de la nada,

sonrojado,

confuso,

pensando en mi futuro…,

que ya era pasado y,

viviendo un presente

que me era ajeno,

que no conseguía entender,

que me asfixiaba.

Mis entrañas se revolvieron.

Vomité.

¿Qué era aquello?

No consigo recordarlo.

¿Eran piedras?,

al menos lo parecían.

Creo que estuve vomitando

durante

más de una hora.

¿Existía el tiempo?

Todo eran piedras.

Construí una montaña.

El último hilo de vómito

se me apareció

en forma de hoja

escrita con una sola palabra:

CAPARAZÓN.

Comprendí entonces

que esas piedras

no eran sino

la coraza

que había protegido,

¿protegido?,

a mi corazón

de los golpes de la vida.

¿Por qué?

¿Por qué?

Mis manos,

sin yo querer,

arañaban mi cara,

la desgarraban.

Caí desmayado.

Estaba arrepentido,

arrepentido

de haber tenido miedo

durante

toda

mi vida.

De repente,

algo en mí

se calmó.

¡¿Acaso había

tenido que esperar

hasta ahora

para saberlo,

para darme

cuenta de

mi insignificancia,

de mi tedio?!

No.

No.

No.

Por favor.

Otra vez y

otra vez vomité.

Salían nubes,

densas nubes,

mi ira aprisionada.

Y grité

grité y

lloré y

descubrí que

no era tan fuerte

como pensaba.

Y volví a vomitar y

se me salió

el corazón

por la boca,

sangrante,

bañado en una ola gigantesca

que nubló la estrella

que antes me sonreía y

eran mis lágrimas y

era mi ira y

eran mis piedras y

las de todos ellos y

las de todas ellas.

Y pedí morir

y ya estaba muerto.

Y me di cuenta de que ya

no podía pedir

deseos.

Y me arrepentí de

no haberle hecho caso

a mi corazón

cuando soñaba

dormido

y

despierto.

Y pedí

perdón,

perdón,

perdón

a

mismo

…,

perdón.

Caí exhausto.

Dormí.

Cuando abrí los ojos

estaba en casa.

Sonrío.

Voy al baño.

Me miro en el espejo.

Hay un trozo

a medio salir de mi boca.

Lo saco.

CAPARAZÓN.

Mis ojos rojos

e hinchados.

Ya no tengo miedo.

M. L. F.