Blanco y rojo

Mi nueva colaboración en “Salto al reverso”.

M L. F.

BLOG SALTO AL REVERSO

Encajada,

sobre negro fundido en verde

sin esperanza,

hállase la silla de madera

de nuestros abuelos

—máscaras en la tierra—

lijada a conciencia

y con rabia.

Sobre ella,

descansa el cuerpo de mi madre

rendida.

Sus brazos caídos

a ambos lados,

los pliegues de sus nalgas,

a empujones las piernas

y su hermosa cabeza

tensa hacia atrás

—parece como si la sostuviera su pelo

caído en vertical—

aguantan su peso.

El tacto melodioso

del azul en sus pupilas

yacen ya,

rozando,

el infinito.

Dentro,

en sus entrañas,

su hijo muerto,

olor a procesión por dentro.

De su vagina

—marioneta sexual—

aún penden hilos de sangre

ya sólidos,

se anclan al negro suelo

como para que no se vaya.

Y la cruz,

sobre todas las cosas

y ninguna,

retiene,

imperturbable,

la escena.

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“In dubio pro reo”

No he llegado a nacer. Podría decirse que estoy muerto o que alguien interrumpió mi vida. Quizá sea la conciencia de mi madre o quizá sea su voz la mía.

Sólo sé que mientras estaba en su barriga oía muchos gritos, ecos de golpes. Mi madre llorando…

Supongo que él lo había estando observando, no sé desde qué lugar oscuro y frío. Salían noticias referidas al monstruo en la televisión. Así le llamaban: “el monstruo”.

Yo sólo creo que intentaba salvar vidas con el poder de la muerte. Yo, al menos, me siento salvado. Pero no se lo agradezco, ya me las pagará.

Era un sábado por la noche. Mi padre había salido, como de costumbre, a la taberna de abajo. Volvería borracho a casa, al lado de mi madre. Le pegaría y yo sentiría un dolor punzante en el corazón que, si hubiera nacido, acabaría derivando en un ataque cuando contara 36 años de edad. Hubiera sido divertido y macabro.

El objetivo del “monstruo” era matar a las madres en estado de buena esperanza cuyos hijos fueran a vivir en un ambiente lleno de violencia y maltrato.

Esa noche, sería la última para los tres.

Un sable atravesó de parte a parte a mi madre, a mí.

Todo se volvió confuso.

Yo ya no era la criatua que esperaba mi madre y me sentía como si me hubieran echado una placa de cemento en el pecho. Mi respiración se ahogaba por momentos. Vino la oscuridad.

Al día siguiente, las portadas de todos los periódicos rezaban el titular: EL ÚLTIMO ASESINATO DEL MONSTRUO. Relataban que, poco después de atacar a su víctima, había muerto de un paro cardíaco a la edad de 36 años.

M. L. F.

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