Latidos

Mi colaboración semanal en “El poder de las letras-Página de escritores” de cada domingo.

Me quedé prendida

en la parte de arriba

de mis emociones

colgando por dentro.

Miré la salida

que había aprendido

con la razón

golpeandome el pecho.

Quise apoyarme

en la barra de mis recuerdos

sintiendo mi mundo

caer al infierno.

Porque…,

¿por qué no te alejas

girando tu cuerpo

a medias con tu sonrisa?

-Me preguntaba-.

No quise oír la respuesta

caer

rodando

por la escalera

diciéndome nada.

M. L. F.

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Movimiento I

Comienzo una nueva serie en El instante varado titulada “Movimiento”.

Color canela.
Madre,
tus ojos.
Tu sonrisa,
Padre.
Hermanos,
vuestras acciones.
Tus manos,
en mí,
cuando no buscan nada
ni algo.

Marina López Fernández

Color canela.
Madre,
tus ojos.
Tu sonrisa,
Padre.
Hermanos,
vuestras acciones.
Tus manos,
en mí,
cuando no buscan nada
ni algo.

M. L. F.

Opacidad cristalina II

Mi tercera participación en “El Instante Varado”

Odio a los genios y a sus segmentaciones discursivas.

No los odio.

Los cancelo.

Es una parte de mi vida:

recorrer los paneles solares de la soledad imbuida en restos de mierda

salpicada de abismos

ancestrales.

Recojo la bruma de los soñadores y me duermo en sus tinieblas,

realizo paréntesis cansados,

puntos suspensivos seductores…,

raíces cuadradas que dan vértigo.

Basta una palabra

y todo desaparece.

El todo se come a la nada, pero la nada es infinita.

Reina el caos en nuestras gargantas. No sabemos qué decir ni qué explicar. De hecho, no hay nada qué decir ni qué explicar.

Ser, simplemente

-un abejorro:

la miel en tus labios,

quizá en lo míos…

Recorro cada parte de tu ser como si fuera el último día que te conozco.

Pasean miles de grullas

en el estanque de tus emociones.

Racionalizo cada escena sin pensar en ella;

veo borrones en todas partes

y macetas descoloridas.

Rozan tus huesos las heridas del pasado,

que se hace presente.

¡Y duele!,

como el futuro,

incierto,

arrancado de cuajo

de un renacuajo

consciente de que va a ser pisoteado

inmune al escarnio.

Reptando,

la serpiente

se esconde

bajo la piedra

esperando…

Tu muerte.

¡La suya!

Es mía.

Puntos naranjas en la colcha de mi mente

salen cosas

que no puedo comprender.

Me arrepiento de no poder hacer que las entendáis.

Sólo π

-enso

en mi corazón,

que pisotean los pájaros cada vez que no te ve.

Y te pienso a cada instante:

Recto

pavoroso

insufrible

candoroso.

M. L. F.

Carta de despedida de Pequeña a los padres que nunca tuvo

Pequeña se sentó en su escritorio. Agarró la silla como para no escaparse y cogió el bolígrafo con sus manitas temblorosas. Éste iba a ser un ejercicio difícil: desengancharse de sus recuerdos bonitos, los menos, que tenía en su cabeza como mensajes publicitarios rodeados de luces de neón. Iba a deshacerse de la realidad que se había creado, de los padres que se había imaginado. Así que comenzó…

Se supone que es una carta para despedirme de la idealización en la que tengo metidos a mis padres, pero en el fondo parece que todo apunta a despedirme de la idealización que tengo en mi cabeza de mí misma como consecuencia del reflejo paterno, así es que…

Me gustaría despedirme agradeciéndoos todo esto:

Gracias por darme el aliento necesario para levantarme de la cama cuando apenas tenía uso de razón y me ensañáseis a apreciar la vida con los ojos abiertos.

Gracias por enseñarme a tener autonomía y a que hay más gente que me puede querer aparte de mi familia.

Gracias por enseñarme a estar contenta con mi cuerpo y con mi mente.

Gracias por explicarme lo que le pasaba a …. para no sentirme culpable; y dejar que llorara y expesara mis emociones, preguntándome, porque os preocupaba realmente lo que sentía.

Gracias por sentaros a mi lado, sin prisas, conscientes de lo importante que es que una niña comprenda que no es culpa suya.

Gracias por no hacerme sentir culpable ni cómplice de nada de lo que os atañera como pareja.

Gracias por no compararme con nadie.

Gracias por hacer que creyera en mis posibilidades y por orientarme adecuadamente.

Gracias por expresarme lo contentos que estábais del esfuerzo tan grande que estaba haciendo después de ya sabéis que.

Gracias por marcarme los horarios y por enseñarme cual era la mejor forma de organizarme.

Gracias por ayudarme a conocer mis límites sin juzgarme.

Gracias por hablar directamente conmigo antes que con nadie.

Gracias por no dejar que desaprovechara el tiempo, por hacer que lo valorara.

Gracias por respetar mi espacio y no hacerme sentir culpable por ello.

Gracias por sentaros conmigo y no dejarme sentir miedo, tristeza o culpabilidad, sino una seguridad calurosa y afectuosa.

Gracias por enseñarme a manejar mis emociones, a que las comprendiera y las expresara.

Gracias por todo y más, de verdad.

Un pequeño apunte: sólo me hubiera gustado que fuéseis reales.

Nadie es perfecto, ¿verdad?

Pequeña dejó el bolígrafo encima de la mesa, se reclinó en su silla y estuvo largo tiempo mirando a la pared imaginándose a los que pudieron haber sido sus padres.

La carta no había servido de nada.

M. L. F.