Límites inciertos

En un bar de A Coruña cuyo nombre no me da la gana de decir…, tres señoras se sientan en una de las mesas de la terraza del mismo.

Imposible para mis oídos no quedarme con la conversación que mantienen con la camarera nada más aposentar sus cuartos (más que cuartos, enteros, todo hay que decirlo) en las respectivas sillas despojadas de calor humano hasta ese momento.

Hablando entre ellas, una salta: 

– ¿El sol se está yendo o se queda?

La camarera muy educada en todo momento:

– Si quieren sol tienen esas mesas.

– Pero en esas mesas hace viento. ¡Queremos sol sin viento!

– Ah…, no pasa nada, les traigo el sol y se lo pongo aquí y ya está todo solucionado.

M. L. F.

Él a Barcelona y ella a Zaragoza 

¿Sabes qué pasa? Que quiere dormir conmigo.

Entonces me meto vestida en la cama con él a las 21:30 y no duermo. Espero un poco a ver si se duerme, pero naaaada. 

Él me dice: “abuelita, no te vayas a ir”. Nooo, voy a ponerme el pijama. Vengo ahora.

¡Pues no se duerme! ¡Me tengo que meter otra vez!

¿Tú sabes qué dolor de riñones, todo por aquí? Que se mueve, que se destapa, que se tapa, que patada por aquí y por allá…

Si hago un movimiento como para irme, ¡no puedo hacerlo! Y él venga a decir: ” abuelita no te vayas.”

Yo le digo que me duelen los riñones y me dice: “no me extraña, es que no haces nada de ejercicio, abuela”. ¡¿Ah, no?! Mira, yo hice ejercicio durante toda mi vida. Ahora voy a llevarte todos los días al colegio y vuelvo a recogerte; te vuelvo a llevar a las actividades y otra vez a recogerte; hago la compra, la comida,…

Y él: “mira abuelita, desde que nací hasta ahora hice yo más ejercicio que tú en toda tu vida”. 

Así me lo chimpó el coso ese, ¿te lo puedes creer?

Aaaayyyy…, me quedan dos días hasta que vengan sus padres… Es que no puedo, chica.

M. L. F.