Tempura de mentiras

Ella no tiene habilidad ninguna para recogerse el pelo- pensé mientras fumaba un cigarrillo en la rampa de acceso a la biblioteca.

Luego, hiriéndola: no importa lo alta que lleves la cabeza. Te observo. Te cojo en un renuncio inclinándola hacia abajo, y ese lento regresar a su posición altiva delata tu inseguridad.

Apago el cigarro. Ahora toca lo que toca. El lastre de la frustración se apodera de mí a medida que avanzo hacia esos casi diez años de estudio, sin habilidad ninguna.

¿Quién inclina ahora la cabeza en señal de sumisión? -río para mis adentros…, y pienso en la chica de antes.

¿Sabrá atarse los cordones?

M. L. F.

Enviado a microrrelatos de la Ser tiempo ha.

*Fotografía del blog de moda “Donkeycool” de la blogger Patricia García. Título: Bomber bird

Carta de despedida de Pequeña a los padres que nunca tuvo

Pequeña se sentó en su escritorio. Agarró la silla como para no escaparse y cogió el bolígrafo con sus manitas temblorosas. Éste iba a ser un ejercicio difícil: desengancharse de sus recuerdos bonitos, los menos, que tenía en su cabeza como mensajes publicitarios rodeados de luces de neón. Iba a deshacerse de la realidad que se había creado, de los padres que se había imaginado. Así que comenzó…

Se supone que es una carta para despedirme de la idealización en la que tengo metidos a mis padres, pero en el fondo parece que todo apunta a despedirme de la idealización que tengo en mi cabeza de mí misma como consecuencia del reflejo paterno, así es que…

Me gustaría despedirme agradeciéndoos todo esto:

Gracias por darme el aliento necesario para levantarme de la cama cuando apenas tenía uso de razón y me ensañáseis a apreciar la vida con los ojos abiertos.

Gracias por enseñarme a tener autonomía y a que hay más gente que me puede querer aparte de mi familia.

Gracias por enseñarme a estar contenta con mi cuerpo y con mi mente.

Gracias por explicarme lo que le pasaba a …. para no sentirme culpable; y dejar que llorara y expesara mis emociones, preguntándome, porque os preocupaba realmente lo que sentía.

Gracias por sentaros a mi lado, sin prisas, conscientes de lo importante que es que una niña comprenda que no es culpa suya.

Gracias por no hacerme sentir culpable ni cómplice de nada de lo que os atañera como pareja.

Gracias por no compararme con nadie.

Gracias por hacer que creyera en mis posibilidades y por orientarme adecuadamente.

Gracias por expresarme lo contentos que estábais del esfuerzo tan grande que estaba haciendo después de ya sabéis que.

Gracias por marcarme los horarios y por enseñarme cual era la mejor forma de organizarme.

Gracias por ayudarme a conocer mis límites sin juzgarme.

Gracias por hablar directamente conmigo antes que con nadie.

Gracias por no dejar que desaprovechara el tiempo, por hacer que lo valorara.

Gracias por respetar mi espacio y no hacerme sentir culpable por ello.

Gracias por sentaros conmigo y no dejarme sentir miedo, tristeza o culpabilidad, sino una seguridad calurosa y afectuosa.

Gracias por enseñarme a manejar mis emociones, a que las comprendiera y las expresara.

Gracias por todo y más, de verdad.

Un pequeño apunte: sólo me hubiera gustado que fuéseis reales.

Nadie es perfecto, ¿verdad?

Pequeña dejó el bolígrafo encima de la mesa, se reclinó en su silla y estuvo largo tiempo mirando a la pared imaginándose a los que pudieron haber sido sus padres.

La carta no había servido de nada.

M. L. F.

Re – Escribiéndome

Levanté la vista, y ahí estaba yo, con el pelo corto -pensé que nunca llegaría ese día- y blanco y gris -eso sí que lo dije-.

Los collares me los ponía sólo cuando le gustaban a mi madre, de tiempo en tiempo. Hoy los llevo.

Me recuerdo como hace años, mirando…, sin mirar. Seguro que yo no me acuerdo de ella. Aún no la conozco. Pero su leve movimiento rítmico de la cabeza me hace pensar que sigue siendo muy pensativa, como cuando vivía tan sólo tan sola en mi mente. Y parece que en eso no cambiaré.

Hecho de menos los pendientes de mi madre que ahora cuelgan de mis orejas, porque siguen siendo mías aunque un poco más grandes,  con lo pequeñas que eran. David siempre me lo decía. Le encantaban mis orejas “aaayyyy, que pequeñitas”. Parezco estar oyéndolo.

Os estoy echando de menos. Cómo pasa el tiempo… -estoy y estaré pensando-.

¿Por qué estoy sola tomándome algo que ya acabé, y el café sin apenas empezarlo y el vaso de agua a un lado, yo escribiendo, yo mirando años después?

Os estoy echando mucho de menos a todos. Porque fuimos tantos y tan poco. Sólo me acuerdo del amor que os tenía y que la abuela siempre decía que no entendía como podíamos estar tan desunidos.

Y papá y mamá… Se me asoman las lágrimas.

Ojalá nos hubiésemos parado un poco a comprendernos.

No sé cuántos quedamos ya. Pero siento como si se hubieran ido todos. Y sólo recuerdo el árbol solitario aquel en la plaza de mi infancia que quedaría si yo me muriera. Porque pensé que cuando yo no estuviera todos desaparecerían y sólo quedaría ese árbol.

Lo peor de todo es que sigo viva y todos han cerrado ya sus ojos, como hace muchos años.

M. L. F.

Ro(sa) (pa)to

– ¿Recuerdas cuando intentaban meterme en la bañera y luchaba y luchaba y pataleaba?

Te voy a enseñar una cosa.

Mira esta imagen. ¿Qué te sugiere?

– Nada.

– Te lo explicaré: me sentía con un peso encima de mí del que no he logrado desprenderme; esa alcachofa que no paraba de escupir gotas de agua como alfileres que se me clavaban en la piel… Lo he sentido más veces.

– Lo siento.

– Siéntelo, porque es el pato rosa de tu llavero el que me lo ha recordado.

M. L. F.

Nada

Mantiene el brazo doblado para sostener un cigarro que se consume con sus pensamientos.

Va vestida de negro. Resalta su blanca cara, pendiente de un café que apenas ha probado, y la cartera morada reposando en la mesa.

Erguida sobre su silla, mira tensa hacia sus adentros. Sus ojos como dados la vuelta, marrones de añoranza.

No puedo adivinar lo que siente, lo que piensa. Suena a rictus. Huele a pérdida. Si la tocara se caería como una montaña de sal.

¡La veo, pero no la siento! ¡La pienso!, pero no logro escribirla… No toco su alma. No tiene aura. Está muy triste, quizás repasando algún tema pendiente.

Tal vez no piensa.

No puedo escribirla. No me dá nada. Y yo le estoy dando mis palabras.

No me he dado cuenta de que se ha marchado.

Adiós, princesa.

M. L. F.

 

Podrías ser tú

Cuando necesito algo (qué) de alguien (quién), me sirve la camarera que me brinda las cervezas con un golpe seco y deslizante en la mesa donde apoyo mis brazos.

Justifico el acto de bebérmelas pensando que necesito algo. Hago como que necesito algo.

Desde fuera, si viera a esa chica que soy yo, pensaría que es alguien que necesita algo (pero qué) de alguien (pero de quién).

Y vería a la camarera salir con una cerveza y lanzársela con más alegría que de costumbre porque son setenta céntimos más que el café que se toma esa chica, que soy yo, todos los días.

Entonces, veo que no es la cerveza el algo que necesita ni es de la camarera de quien lo necesita.

Si tuviera que inventarme su historia, aún siendo yo misma, sería la de una persona que está perdida que se siente realmente perdida.

De repente, salgo de mi letargo. Ella, osea yo, levanta la cabeza, muevo los ojos. Y ahora lo comprendo todo, ya sé qué necesita y sé de quién.

Y mi invención se nos come a las dos.

Realmente, está muy perdida.

Realmente, estamos muy perdidas las dos.

M. L. F.

Maldito espejo

Se levantó a las ocho de la mañana, como de costumbre: sin ganas de levantarse. Siempre le dedicaba unos segundos a ese duermevela al que se entregaba no sin cierta obsesión. Formaba parte de su ritual.

Por fin pudo deshacerse de la telaraña que le impedía abrir los ojos a cada nuevo amanecer. Hizo un amago de salto, se calzó las zapatillas y avanzó renqueante por el largo pasillo hasta el baño. El espejo reflejaba su imagen nada más atravesar el umbral. Tuvo miedo de mirarse.

Sentía una presión en la boca del estómago y sus sienes palpitaban aumentando un zumbido intenso en sus oídos. Levantó rápidamente los ojos para encontrarse consigo misma, pero un acto reflejo hizo que los bajara de golpe. Era más fácil ver como se colaban las gotas por el desagüe que la física decadencia a que se había abandonado en el instante en que se olvidó de sí misma.

Se preguntó:

-¿Qué se ha roto en mí?

Su cerebro no retuvo su queja de tan bajo que lo dijo.

Esta vez en voz alta y apretando sus dientes:

-Los poetas ven sus soluciones en un papel, pero no tienen el valor suficiente para enfrentarse a ellas. Son suicidas vivos. Cada vez que escriben, sienten  morir una parte de su alma. Sus quejas son eternas…, y malditas.

Calló durante unos minutos.

Tomó conciencia de sus débiles brazos empeñados en apoyarse en los bordes de la pila como para arrancarla de cuajo.

De repente, clavó sus ojos en sus ojos. Un momento en ellos. Analizó cada sección de su cara. Tantos errores cometidos se burlaban de ella y hacían que aborreciera cada átomo y molécula que daba lugar a su ser, a su parecer.

Cogió el vaso donde descansaba su cepillo de dientes verde y, sin dejar de mirarse, lo tiró contra el espejo.

Como si hubiera ganado poder sobre sí misma y después de exhalar un suspiro, dijo tranquilamente:

-Ahora sí que me veo.

El espejo aún sigue roto. Sus piezas, el puzle, el desorden, dejaron que ella se aceptase tal cual era: una muñeca rota.

M. L. F.