Opacidad cristalina I

Las cumbres heladas reposan en tus labios, savias de ritmo

complaciente

eterna agonía que sufres

con el pasar del tiempo.

Yo no tengo la culpa. Tú no tienes la llave.

Encrucijada.

Cubre tus planes, los que ya tienes. Sabes reconocerte en la oscuridad. La luz ciega tus pasos. Es un ir y venir de transiciones

malditas

serpientes que vomitan tus ahogados llantos.

Partes iguales a las mías, trozos de materia

gris

ceniza

pálida.

Recuerdos olvidados. Ya no son parte de la historia, se han quedado estancados, rozan la lejanía, rozan la eternidad para no ser nunca más, para ser siempre cosa mía,

cosa mía,

cosas tuyas.

Memoria que descarría, ría

la gente.

Me da igual. Ya no soy lo que era. Tu amor.

Resúmenes plagiados. Obras elocuentes. Mártires subyugados. Cuellos aplastados. Regímenes de ira. Marcas de pies sobre la arena de un tejado.

Faldas volando en dirección al sexo repasan los peldaños de la escalera de mis piernas a mi pecho. Basta una lengua con orgullo, sin prejuicios.

Marca de gelatina. Perros desordenados. Máscaras anodinas. Susurros apagados. Leña de un fuego efímero. Placa de cemento encorvado.

Ya no volveré a viajar con vosotros. Mis ojos verán otras cosas, las que no pudieron ver cuando os tenía. Y me duele.

Pornografía.

Por

no

grafiar.

M. L. F.

Opacidad cristalina

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Opacidad cristalina

Cada caso debía resolverse de manera precisa.

Estábamos incluidos en un mar de lamentaciones buscando una ballena del pezón onírico, irónico, de la existencia.

Daba de mamar al vacío, interrumpido por asquerosas sustancias viscosas. Esa era la manera de trabajar que me hacía sorprenderme a cada rato pensando que te tenía cogido, por los cojones. Soñando una vez más que tu ira estaba controlada por un organismo superviviente.

Lejos de la marea rezaba por tu ausencia. Cada vez se hacía más intenso el lúgubre pasillo de armaduras agrestes

(p)

Puestas de sol, emergían las montañas bajo la cálida, sucedánea vista de tus ojos.

Muestras ahora tu corona haciendo miles de plegarias al cielo inundando tus mejillas de pálidos deseos.

Cuando encuentras una llama la avivas y eso te hace seguir en el camino que te creó poderoso, ¿Dios?, ¿quién sabe?

Un alma caritativa, quizás las puntas de la lámpara como gotas cayendo en tu cara preciosa, precisa, inquietante

-mente-

inquieta, nerviosa por el paso de los años restringiendo cada murmullo, cada bocanada de aire ni exhalado ni espirado; muerto de codicia por las manos que te ofrecen miseri

(a)

cordia. Puesto en boca de un náufrago superviviente de aquella envestida atroz del toro en la plaza. Quizás esté divagando en un pueblo costero.

Ya no me quedan palabras que decir ni que hacer que hagas que me muera de gusto, prescindiendo de tu vista.

Ni un segundo.

M. L. F.