Movimiento IV

Movimiento IV

Mi colaboración en “El Instante Varado”-“Desnarraciones”.

Mordisco animal rojo sangre
Alcohol en tus venas de impotencia llenas
Horas en la cama por no poder enfrentarte
Tortazo limpio por saltar en los sofás
Promiscuidad —carencias emocionales—
Gritar a tu hermana tus frustraciones
Querer clavar unas tijeras a tu madre en el corazón
El golpe en la cabeza tirando las gafas
Puño sobre el cristal: fragmentos de violencia contra tu hermano
Quedarse quieto y no respirar
Joder a los demás para esconder tu tristeza
Gemir la atención que necesitas.

Marina López Fernández

M. L. F.

Volar

Volar

Mi colaboración en El poder de las letras-Página de escritores

Todo empezó con la desaparición del vaso. No de un vaso cualquiera. Bueno, sí, un vaso corriente pero extremadamente especial, mágico. En él había dejado sus palabras y su aliento impregnando sus paredes.

No supe qué había pasado hasta hace poco.

Nuestros padres nos habían castigado durante una semana sin salir de casa por pintar con espray los cristales de un banco. Cosas de niños, joder.

Jamás habría imaginado lo que pasó. En realidad, nunca lo hubiera sabido sino hubiera tirado del hilo que unía su vaso con el mío. Éste se había roto al tirar de él porque mi amigo no daba señales de estar en su habitación. En ese momento, recuerdo que había pensado en la suerte que tenía de tener unos padres que, por lo menos, le dejaban salir de su cuarto. Que equivocado estaba…

“¿Se habría enfadado por romper nuestra única manera de comunicarnos?”

Todo parecía apuntar a eso.

Pasada la primera noche, en la que dormí como un bendito, pasó el día siguiente y el siguiente…

No veía ni siquiera a los padres de mi amigo. Las persianas descansaban bajadas y nadie se molestaba en abrirlas. Yo me quejaba a mis padres, les pedía explicaciones. Ellos trataban de tranquilizarme diciendo que volveríamos a hablarnos y esas cosas. Es fácil decir eso, pero pasarlo es difícil cuando sólo tienes un amigo.

Vencida la semana de castigo, mis padres me comunicaron que habían comprado una casita y que nos mudábamos ya.

Yo no quería dejar a mi amigo. ¡Esto era una locura! ¿Qué pasaba? ¿Por qué todo estaba ocurriendo tan rápido?

Las preguntas se quedaron sin respuesta hasta que hoy, diez años después, mis padres decidieron que ya era suficientemente fuerte como para afrontar la realidad.

Sabía de la imaginación desbordante de mi amigo. Todos se daban cuenta de que tenía una inventiva fuera de lo normal. La idea de los vasos comunicantes había sido de él.

Pero, como me contaron mis padres, le había jugado una mala pasada la primera noche de castigo.

Una imaginación libre sólo puede residir en el cuerpo de un alma libre.

Mi amigo no pudo soportar ni siquiera unas horas encerrado en su cuarto. Debió pensar que si Superman (del que era un gran fan) podía volar, porqué no iba a poder hacerlo él.

Así que abrió la ventana y saltó.

M. L. F.