A Coruña

A Coruña

Un ave sobrevuela el cielo,

cielo que se funde con la tierra,

tierra que se funde con el mar,

mar que acompaña,

fundido,

a la ciudad portuaria.

Ciudad de sueños de cristal,

frágil como mis desvelos,

como mis pensamientos…

Pensamientos de dureza que rasgan mis sueños,

sueños que cortan la ciudad,

ciudad que araña el mar…

Mar que acaricia la tierra,

tierra que implora al cielo,

cielo de mi soledad…

Soledad de mi sueño eterno.

M. L. F.

Nala

Decenas de sus pelos

volaban

como paja

bajo el sol

al son

de la brisa.

Las margaritas

se posaban

en el verde manto

arrulladas

con el latido

de su cálido corazón.

La hierba

besaba sus patas

como lenguas

de rocío.

Batallaban

las hojas

en su cuerpo,

mudas

ante la presencia

de su sexo.

Daba vueltas

como una mariposa

oliendo sus colores.

Se agazapaba detrás de mí

en busca

de su pelota,

aullando

como una perra.

M. L. F.

Marina López Fernández
Marina López Fernández

Tras las rejas

Manos muertas

que escriben

libros.

Caballos

que se muerden

la lascivia.

Sonido de una guitarra,

una mano de soledad

que se posa

en mi cabeza.

Un gato negro,

testigo oculto

de mis miedos.

Un sentimiento

de abandono

trasplantado a

mis genes.

Visión

de una tira

blanca,

despojo

del cordón

umbilical,

¿quién me ha robado

la inocencia?

M. L. F.WP_000373

“In dubio pro reo”

No he llegado a nacer. Podría decirse que estoy muerto o que alguien interrumpió mi vida. Quizá sea la conciencia de mi madre o quizá sea su voz la mía.

Sólo sé que mientras estaba en su barriga oía muchos gritos, ecos de golpes. Mi madre llorando…

Supongo que él lo había estando observando, no sé desde qué lugar oscuro y frío. Salían noticias referidas al monstruo en la televisión. Así le llamaban: “el monstruo”.

Yo sólo creo que intentaba salvar vidas con el poder de la muerte. Yo, al menos, me siento salvado. Pero no se lo agradezco, ya me las pagará.

Era un sábado por la noche. Mi padre había salido, como de costumbre, a la taberna de abajo. Volvería borracho a casa, al lado de mi madre. Le pegaría y yo sentiría un dolor punzante en el corazón que, si hubiera nacido, acabaría derivando en un ataque cuando contara 36 años de edad. Hubiera sido divertido y macabro.

El objetivo del “monstruo” era matar a las madres en estado de buena esperanza cuyos hijos fueran a vivir en un ambiente lleno de violencia y maltrato.

Esa noche, sería la última para los tres.

Un sable atravesó de parte a parte a mi madre,  a mí.

Todo se volvió confuso.

Yo ya no era la criatua que esperaba mi madre y me sentía como si me hubieran echado una placa de cemento en el pecho. Mi respiración se ahogaba por momentos. Vino la oscuridad.

Al día siguiente, las portadas de todos los periódicos rezaban el titular: EL ÚLTIMO ASESINATO DEL MONSTRUO. Relataban que, poco después de atacar a su víctima, había muerto de un paro cardíaco a la edad de 36 años.

M. L. F.

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Una mirada

Una mirada

Cuando eres pobre, sí, pobre pobre, MENDIGO, es cuando ves por primera vez la pobreza del ser humano, la que te rodea, la que va vestida con abrigos siempre corriendo de un lado a otro como pollos sin cabeza; la que se ríe nerviosamente y llora a escondidas; la del coche y casa y miles de cosas innecesarias.

Pero…, ay…, lo que daría yo por una camita…

Daría mi pobreza.

M. L. F.