Opacidad cristalina I

Las cumbres heladas reposan en tus labios, savias de ritmo

complaciente

eterna agonía que sufres

con el pasar del tiempo.

Yo no tengo la culpa. Tú no tienes la llave.

Encrucijada.

Cubre tus planes, los que ya tienes. Sabes reconocerte en la oscuridad. La luz ciega tus pasos. Es un ir y venir de transiciones

malditas

serpientes que vomitan tus ahogados llantos.

Partes iguales a las mías, trozos de materia

gris

ceniza

pálida.

Recuerdos olvidados. Ya no son parte de la historia, se han quedado estancados, rozan la lejanía, rozan la eternidad para no ser nunca más, para ser siempre cosa mía,

cosa mía,

cosas tuyas.

Memoria que descarría, ría

la gente.

Me da igual. Ya no soy lo que era. Tu amor.

Resúmenes plagiados. Obras elocuentes. Mártires subyugados. Cuellos aplastados. Regímenes de ira. Marcas de pies sobre la arena de un tejado.

Faldas volando en dirección al sexo repasan los peldaños de la escalera de mis piernas a mi pecho. Basta una lengua con orgullo, sin prejuicios.

Marca de gelatina. Perros desordenados. Máscaras anodinas. Susurros apagados. Leña de un fuego efímero. Placa de cemento encorvado.

Ya no volveré a viajar con vosotros. Mis ojos verán otras cosas, las que no pudieron ver cuando os tenía. Y me duele.

Pornografía.

Por

no

grafiar.

M. L. F.

Opacidad cristalina

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