Lo primero que me gustó de nuestras conversaciones fue el olor agrio y lechoso del café que desprendían tus labios.

Tus manos resbalaban por tu cara como el aceite de oliva, ese oro que conocería cuando adorase a tu madre.

Vi la miel en tus ojos. La degustaste en los míos, pero no te atrevías a tocarla.

El primer “clin” de vino tinto fue como el “crac” del chocolate al romperse entre tus dientes blancos, duros, perfectamente imperfectos.

Creo que fue esa mezcla la que me llevó a ser parte de ti y a dejar de serlo.

M. L. F.

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4 comentarios en “Retrato Un Bello Eterno Nuestro

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