ESTÁ PROHIBIDO

DestacadoESTÁ PROHIBIDO

-Me da igual. Lo voy a hacer.

-Te van a llamar la atención…

-¿Eso es todo? Mira cómo tiemblo.

-¡Joder!, pues yo me voy. Paso de que me digan nada y acaben echándonos por un capricho tuyo.

-¡Buah!, eres como ellos al fin y al cabo…, un cobarde. Lo llevamos haciendo toda la vida y, ahora, porque estén cuatro pelagatos en el poder que digan que no se puede hacer… ¡Joder!, ¿es que también me van a quitar mis vicios?

-Ya, pero es que si tu vicio no perjudicara a los demás…

-Mira, estoy harta. Vete o quédate, pero yo paso de cortarme.

-Me voy a la barra. Quiero ver lo colorada que te pones cuando te digan algo.

-Piérdete, gilipollas.

Empecé a saborear lentamente el placer que me daba poder disfrutar de mi vicio en un bar con un cafecito humeante. Pero, al poco de entrar en materia, se me acercó el camarero y, en voz baja, casi con-lo admito- más vergüenza que yo, dijo:

-Disculpe, está prohibido escribir aquí.

 M. L. F.

Tras las rejas

Manos muertas

que escriben

libros.

Caballos

que se muerden

la lascivia.

Sonido de una guitarra,

una mano de soledad

que se posa

en mi cabeza.

Un gato negro,

testigo oculto

de mis miedos.

Un sentimiento

de abandono

trasplantado a

mis genes.

Visión

de una tira

blanca,

despojo

del cordón

umbilical,

¿quién me ha robado

la inocencia?

M. L. F.WP_000373

“In dubio pro reo”

No he llegado a nacer. Podría decirse que estoy muerto o que alguien interrumpió mi vida. Quizá sea la conciencia de mi madre o quizá sea su voz la mía.

Sólo sé que mientras estaba en su barriga oía muchos gritos, ecos de golpes. Mi madre llorando…

Supongo que él lo había estando observando, no sé desde qué lugar oscuro y frío. Salían noticias referidas al monstruo en la televisión. Así le llamaban: “el monstruo”.

Yo sólo creo que intentaba salvar vidas con el poder de la muerte. Yo, al menos, me siento salvado. Pero no se lo agradezco, ya me las pagará.

Era un sábado por la noche. Mi padre había salido, como de costumbre, a la taberna de abajo. Volvería borracho a casa, al lado de mi madre. Le pegaría y yo sentiría un dolor punzante en el corazón que, si hubiera nacido, acabaría derivando en un ataque cuando contara 36 años de edad. Hubiera sido divertido y macabro.

El objetivo del “monstruo” era matar a las madres en estado de buena esperanza cuyos hijos fueran a vivir en un ambiente lleno de violencia y maltrato.

Esa noche, sería la última para los tres.

Un sable atravesó de parte a parte a mi madre,  a mí.

Todo se volvió confuso.

Yo ya no era la criatua que esperaba mi madre y me sentía como si me hubieran echado una placa de cemento en el pecho. Mi respiración se ahogaba por momentos. Vino la oscuridad.

Al día siguiente, las portadas de todos los periódicos rezaban el titular: EL ÚLTIMO ASESINATO DEL MONSTRUO. Relataban que, poco después de atacar a su víctima, había muerto de un paro cardíaco a la edad de 36 años.

M. L. F.

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